miércoles, 22 de junio de 2011

Madre

Madre era una mujer rolliza, de buen carácter y rostro bonachón.
Nunca sacaba las cosas de quicio y adoraba jugar a las damas.
Ella era viuda con siete hijos a su cargo.
Nunca se quejaba de lo trabajoso que era sacar adelante tantos niños.

Cada mañana, a las cinco de la mañana muy puntual, se despertaba, se ponía el único vestido que tenía, uno muy usado llena de manchas de aceite con flores multicolores estampados en él; preparaba la gran mesa del comedor con un gran bizcocho y siete tazones de leche caliente. Despertaba a los más pequeños primero y a los grandes después, puesto que estos eran los más responsables y no pretendían dormirse. Cada uno con su habitual quejido pasando de largo la hora en la que se despertaba su buena madre.

Después de esto, los críos se vestían entre las viejas literas de hierro, los más mayores: Alberto y Julio; ayudaban a abotonarse la camisa a los más pequeños: Javier y Álvaro.
Más tarde se sentaban como reyes en la mesa del comedor, como bestias zampaban el bizcocho y luego se limpiaban para que luego recibieran cada uno un beso de Madre.

Después de trabajar, Madre, se encaminaba de vuelta a su hogar donde limpiaba la cocinita y los dormitorios, lavaba y cosía la ropa. Después, ya bastante cansada, empezaba a cocinar la comida. A esa hora los niños ya estaban en casa. Los más pequeños alborotaban en la salita, los más grandes jugaban a los policías y los medianos se pegaban.

Madre, con mucha paciencia, cogía con sus robustos brazos, a los pequeños de dos en dos y los sentaban en la mesa de comer. Los grandes bastaba varias ordenes para que se sentaran.
La siesta era la mejor hora de Madre, invitaba a la vecina de enfrente, Lola, y charlaban desde las cuatro hasta las seis y tomaban grandes cantidades de tinto.

Madre sacó a los siete niños adelante, yendo allí y allá, buscando becas para los críos, ayudas y trabajaba en el supermercado de la esquina de la calle polvorienta.
Pasaban los años y poco a poco se hicieron mayores y se fueron de casa con la ayuda de Madre, Alberto se hizo marinero; Julio, bombero: Roberto, enfermero; Santiago, abogado; Daniel, profesor; Javier no estudió mucho pero empezó a trabajar en panadero; y Álvaro escritor.
El último se fue al extranjero y Madre no lo volvió a ver.

Pasó el tiempo, el pelo de Madre se volvió blanco, su voz temblaba y su fuerza menguó. Sus demás hijos intentaron cuidarla pero tenían demasiado trabajo, además, tenían sus hijos que tampoco los cuidaba ellos sino alguna Yaya. La ingresaron en una residencia donde Madre pasaban las horas mirando el paisaje a través de la ventana. Muchas ancianas tristonas y con ganas de morir decían: "Después de todo al final nos olvidan." Pero Madre decía: "Tienen mucho trabajo." Y ellas repondían: "ya ya..."

Madre en el fondo no quería creer que sus hijos a los que tanto había ayudado, la habían olvidado. Pero en su mente pensaba: "Quizas estas viejas chochas tienen razón, aunque yo los cuidé y aunque éramos bastante pobres, yo los mimé, en verano les compraba un helado cada domingo después de misa, en invierno les tejía todas las noches jerseys, bufandas y guantes. Les preparaba el desayuno: un gran bizcocho algunas veces de chocolate, además..."
Una noche, Madre se sentía extraña, tenía un vacío en el estómago y sus ojos se cerraban sin querer ella. Se tumbó en la cama que le habían asignado meses atrás e intentó conciliar el sueño. Pronto se durmió.

Ella, que había sido una buena mujer, ella que nunca había pegado a ninguno de sus hijos y los había defendido con su vida, ella que preparaba el desayuno, ella que limpiaba la casa antes de comer, ella que sacó adelante a todos sus hijos... había sido olvidada.
Su cabello blanco como la piel se confundía con las sábanas del mismo color, sus manos frías por naturaleza se tornaron duras y sin vida... sus pestañas ya nunca volvieron a abrirse.
La enterraron un día de invierno, cuando años atrás Madre, tejía todas las noches antes de acostarme un jersey a cada uno de sus hijos.

El cementerio estaba oscuro, hacía frío y estaba cubierto de nieve. Alrededor de la tumba estaban los hijos de la difunta pero faltaba uno: Álvaro. Todos ellos se llevaban un pañuelo a la nariz y se dejaban abrazar por sus esposas.
Al cabo del tiempo los hijos desaparecieron poco a poco del cementerio, tenían cosas que hacer, trabajar, reuniones y fiestas.


La tumba se cubrió de nieve y también fue olvidada.
Madre fue olvidada, ya nunca más fue mencionada en ninguna de las reuniones de sus hijos. Fue una persona más en la vida de los niños ya adultos.

2 comentarios:

  1. Este texto ha hecho que me entrasen unas ganas de llorar increíbles... Me he metido tanto en la historia que casi podía escuchar de verdad a la madre.
    Tiene un final muy triste y la historia encoge el corazón, pero está muy bien escrita y me ha gustado mucho :)

    Besoos

    ResponderEliminar
  2. Wow que genial entrada...^^
    Gracias por tu vista y de inmediato te sigo...besos, ciao...^^

    ResponderEliminar