martes, 21 de junio de 2011

Ciega (Capítulo 4)

Desde ese día quedamos más veces, en su casa o en la mía, en un parque, en el río junto a la iglesia...
Él me recogía cada mañana y después de la salida del instituto con su moto negra.
Su sonrisa me encantaba, me hechizaba. Me hacía soñar con ella y su mirada me hacía suspirar cada vez que lo evocaba.

Esa tarde me esperaba en la plaza Santa Ana a las cinco y media. Enfundada en un vestido marrón de lana y unas botas altas me encamino hacia allí.

La nieve esta casi derretida y pronto empezaría la primavera.

Cuando llegué, la plaza estaba casi desierta, varios abuelos se entretenían en comentar el casamiento de su hija que se había celebradado años atrás. Delante había un gran edifio blanco
Pronto me empecé a cansar de esperar, pronto sería las menos veinte.

Unas manos frías se colocaron en mi cara cegándome.


-¿Quién soy?-susurró la voz inconfundible de Lucas. Sonreí.-Shhhh, no lo digas. Espera.-Me tapó con solo una mano y sentí trajinar. Me tapó los ojos con un trozo de tela, olía a rosas.
-¿Qué demonios haces?-sentí que me envolvía mi mano con la suya y que se reía.
-Tu sígueme.-poco a poco cedí a sus pasos. Anduvimos durante varios minutos, subimos varias escaleras y sentí abrir una puerta. El ambiente de la sala era fresco y olía bien.
-Siéntate.-sentí un mullido asiento al contacto. Lucas se separó de mi y sentí sus pasos alejarse un poco de mí y deternerse.
Entonces una melodía suave y acariciante sonó, era un piano y adiviné quien era el intérpetre.

Al poco rato me levanté poco a poco, cuidando de no chocar, con pasos vacilantes me acerqué hacia el sonido, coloqué mis dedos sobre la espalda de Lucas.

Dirigí mis pasos hacia la púlida superficie del piano, me lo imaginaba limpio, negro y majestuoso.

Con los ojos cerrados era más sensible al sonido. Más sensible al amor con el que tocaba Lucas.
Unas lágrimas sin razón salieron de los bordes de mis ojos mojando la tela que me tapaba.
Cuando la melodía dió su fin, sentí una pesada silla chirriar al arrastrarse y un par de manos fuertes quitarme el trozo de tela.

Me miraba intensamente y sonreía, su sonrisa...
Estuvimos en silencio durante mucho tiempo hasta que lo rompí:
-Ha sido precioso. Gracias.
-Era Chopin, Sonata en...
-Como si me hablaras en alemán.-interrumí, él rió.
Se acercó y me dió un beso llenó de... armonía.

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